Exhibición Maternal
Alex siempre había sido un chico tímido en la universidad. Con 19 años, piel morena, cabello rizado y una sonrisa fácil que ocultaba su inseguridad profunda, estudiaba química en una facultad concurrida. No era el más popular, pero tenía un encanto natural que atraía a las chicas de vez en cuando. Sin embargo, nada lo había preparado para María.
María era la profesora adjunta de su clase de química orgánica. Tenía 28 años, cabello largo castaño, ojos expresivos y una figura curvilínea que hacía que muchos estudiantes —incluido Alex— se distrajeran durante las clases. Vestía siempre con faldas plisadas y blusas ajustadas, proyectando una autoridad maternal que mezclaba dulzura con firmeza. Los rumores decían que era estricta, pero justa. Alex, desde el primer día, se había enamorado en silencio de ella. Pasaba horas fantaseando con su voz suave corrigiendo sus errores, imaginando cómo sería si ella lo mirara no solo como a un estudiante, sino como a algo más.
Todo empezó un día después de clases. Alex se había quedado rezagado, fingiendo dudas sobre un examen próximo. El aula estaba vacía, solo quedaban ellos dos.
—Profesor María, ¿puedo preguntarle algo sobre la reacción de hoy? —dijo Alex, acercándose a su escritorio con el corazón latiéndole fuerte.
Ella levantó la vista de sus papeles, sonriendo con calidez.
—Claro, Alex. Siéntate. ¿Qué parte no entendiste?
Se sentaron uno al lado del otro. Alex explicó torpemente una duda inventada, pero pronto la conversación derivó a lo personal. María habló de su vida: soltera, dedicada al trabajo, pero con un instinto protector que siempre la hacía cuidar de los demás. Alex confesó que era tímido, que no tenía mucha experiencia con chicas, que a veces se sentía como un niño perdido en el mundo adulto.
María lo miró con una mezcla de ternura y algo más intenso.
—Pobrecito... A veces los chicos como tú necesitan que alguien los guíe, que los cuide de verdad.
Alex sintió un calor subirle por el cuerpo. No entendía por qué, pero esas palabras lo excitaron de una forma extraña, profunda. Su pene se endureció en sus pantalones, y él se removió incómodo, esperando que ella no lo notara.
Los días siguientes, las "consultas" se volvieron habituales. María lo invitaba a su oficina, lo escuchaba con atención maternal. Un día, le tocó el hombro para consolarlo cuando mencionó problemas familiares. Otro día, le ajustó la corbata imaginaria de su camisa, riendo.
—Eres tan cute cuando te pones nervioso —le dijo una vez, y Alex se sonrojó hasta las orejas, sintiendo una erección inmediata que lo obligó a cruzar las piernas.
Una tarde, después de una clase particularmente estresante, María lo llamó al pasillo.
—Alex, ven a mi oficina. Necesito hablar contigo de algo... personal.
El corazón de Alex dio un vuelco. ¿Sería esto? ¿Ella sentía lo mismo?
En la oficina, María cerró la puerta. Se sentó en su silla y lo miró fijamente.
—He notado cómo me miras, Alex. Y yo... también te miro a ti. Eres especial. Tan inocente, tan vulnerable.
Alex tragó saliva, su pene palpitando solo con esas palabras.
—Yo... profesora, yo estoy enamorado de usted desde el primer día.
Ella sonrió, pero había un brillo travieso en sus ojos.
—Llámame María cuando estemos solos. Y sí, lo sé. Por eso quiero proponerte algo.
Se acercó a él, lo tomó de la mano y lo llevó a sentarse en el sofá pequeño de la oficina.
—Quiero cuidarte de una forma que nadie más lo ha hecho. Quiero que seas mío... completamente.
Alex no entendía del todo, pero asintió, excitado. Su erección era evidente ahora, presionando contra sus pantalones.
María notó y rio suavemente.
—Mira qué lindo... ya estás listo para mamá.
Esa noche, María lo invitó a su apartamento. "Para estudiar", dijo. Alex aceptó sin dudar.
El apartamento de María era acogedor, con tonos pastel, peluches en las estanterías y un aroma a vainilla. Lo hizo sentarse en el sofá y le sirvió un té.
—Relájate, mi niño —le dijo, y Alex sintió un escalofrío, su pene endureciéndose más.
Bebieron, hablaron. María se acercó más, lo besó suavemente. Alex respondió con pasión torpe. Las manos de ella exploraron su cuerpo, y pronto estaban en su dormitorio.
Fue intenso, apasionado. Alex, inexperto, eyaculó rápido dentro de ella, avergonzado por su prematuro clímax. María lo abrazó.
—No te preocupes, amor. Es normal en los chicos como tú. Mamá te va a enseñar a durar más... o a eyacular cuando yo quiera.
Esas palabras —"mamá"— lo confundieron, pero también lo excitaron más de lo que esperaba. Su pene se endureció de nuevo casi inmediatamente.
Después, yaciendo desnudos, María lo miró con seriedad.
—Alex, quiero que sepas que mi amor es... especial. Me gusta cuidar de mis parejas como si fueran mis bebés. Protegerlos, consentirlos... y disciplinarlos cuando es necesario. Y humillarlos un poquito para que aprendan.
Alex rio nervioso, su pene aún semi-erecto.
—¿Como... roleplay?
Ella negó con la cabeza, pasando un dedo por su glande sensible.
—No solo roleplay. De verdad. Quiero que regreses a un estado más inocente conmigo. Que me dejes ser tu mamá y que te sometas completamente. Incluyendo tu placer... y tu vergüenza.
Alex se quedó helado. ¿De qué hablaba? Pero su pene traicionero se endureció por completo ante la idea.
María se levantó, abrió un cajón y sacó algo que hizo que Alex se ruborizara intensamente: un pañal adulto, blanco, grueso, con estampados cute de ositos y biberones.
—Mira esto. Quiero ponértelo ahora mismo.
—¿Qué? ¡No, María, eso es... loco! —protestó Alex, cubriéndose el pene erecto con las manos.
Pero ella lo calmó con besos, caricias en sus testículos.
—Confía en mí. Te va a gustar. Te hace vulnerable, dependiente de mí. Y yo te cuidaré siempre... mientras te hago eyacular en él.
Alex protestó, pero la excitación traicionera lo delató. Su pene goteaba pre-semen. María lo convenció, lo acostó en la cama como a un niño y, con manos expertas, le puso el pañal, ajustándolo alrededor de su erección palpitante.
La sensación fue extraña: suave, abultado, humillante... y increíblemente erótica. El acolchado presionaba su pene, frotándolo ligeramente con cada movimiento.
—Oh, mira qué cute estás —dijo María, riendo—. Mi bebito grande con su polla dura en pañal.
Alex quiso protestar, pero cuando ella lo tocó por encima del pañal, presionando su glande contra el gel absorbente, eyaculó de nuevo, sin control, llenando el pañal de semen caliente que se extendió como una mancha pegajosa.
María sonrió triunfante, oliendo el aire.
—Ves? Esto es lo que necesitas. Eyacular como un bebé prematuro, sucio y dependiente.
Esa noche, Alex durmió con el pañal puesto, lleno de su propio semen seco, en brazos de María. Al día siguiente, se despertó mojado. Había tenido un accidente nocturno, orinando en el pañal mientras soñaba con ella, algo que no le pasaba desde niño. El pañal estaba hinchado, amarillo, y su pene erecto de nuevo por la humillación.
María lo cambió con ternura, limpiándolo con toallitas frías que lo hicieron gemir, polveándolo generosamente en sus genitales y ano, poniéndole uno nuevo mientras lo masturbaba lentamente.
—No te avergüences, amor. Mamá está aquí para eso... y para hacerte correrte otra vez.
Alex sintió una mezcla de vergüenza profunda y placer intenso. No podía negarlo: le gustaba ser humillado así, sexualmente expuesto y controlado.
Los días siguientes fueron un torbellino de humillación y sexualidad intensificada. Alex seguía yendo a clases, pero ahora con un secreto debajo de la ropa: un pañal que María le obligaba a llevar todo el día.
—Para que recuerdes quién controla tu polla y tu culo —le decía por mensaje, adjuntando fotos de su pene erecto en pañal.
Al principio, Alex resistió. Intentó quitárselo en la universidad, pero María lo descubrió por el olor residual y lo castigó: esa noche, lo ató suavemente a la cama, le insertó un pequeño plug anal vibrador y lo hizo usar el pañal mientras lo "alimentaba" con un biberón lleno de su propio semen mezclado con leche.
La humillación lo volvía loco de deseo. El plug presionaba su próstata, haciendo que eyaculara involuntariamente en el pañal, mientras María reía y filmaba.
—Mira qué patético, eyaculando como un bebé con su culo lleno.
Pronto, María introdujo más elementos: chupetes que lo obligaba a chupar durante el sexo, ropa infantil debajo de la normal, biberones en casa llenos de fluidos eróticos.
Alex perdió control: accidentes diurnos, nocturnos. El pañal se volvió permanente. Y cada accidente era seguido de una sesión sexual donde María lo humillaba verbalmente.
Un día, durante una clase de María, sintió la necesidad de ir al baño. Intentó aguantar, pero no pudo. Se mojó en plena aula, sentado en su pupitre, el orín caliente extendiéndose por el pañal, haciendo que su pene se endureciera por la vergüenza.
El calor se extendió, el pañal se hinchó. Alex miró aterrorizado a María, que desde el frente lo observó con una sonrisa cómplice, sabiendo exactamente qué pasaba.
Después de clase, lo llamó a su oficina.
—Ven aquí, bebito. Mamá sabe que te mojaste como un niñito incontinente. Y apuesto que estás duro por eso.
Allí, lo cambió en secreto, pero con la puerta entreabierta para aumentar el riesgo. Limpió su pene erecto con toallitas, lo masturbó hasta el borde del orgasmo y luego lo dejó eyacular en el pañal nuevo, riendo de su falta de control.
—Eres tan adorable cuando te avergüenzas y te corres sin permiso.
Alex lloró de humillación, pero también de placer cuando ella lo recompensó follándolo con un strap-on mientras él llevaba el pañal, el plug vibrando en su ano.
La relación se profundizó. María lo trataba cada vez más como a un bebé: lo bañaba desnudo, frotando su pene hasta hacerlo eyacular en el agua; lo vestía con pañales que olían a su excitación; lo alimentaba con cucharas mientras le contaba historias eróticas de sumisión.
Alex perdió todo control: accidentes diurnos donde se ensuciaba en público, el olor escapando ligeramente, haciendo que compañeros arrugaran la nariz. María lo obligaba a confesar por mensaje: "Me cagué en clase, mamá. Mi polla está dura por la vergüenza".
Y cada confesión llevaba a más sexo humillante: ella lo hacía lamer sus pies mientras lo cambiaba, o lo follaba analmente con juguetes más grandes, llamándolo "mi putito incontinente".
Meses después, María decidió llevarlo más lejos, aumentando la humillación pública con toques sexuales explícitos.
—Quiero mostrar al mundo lo patético y cachondo que es mi bebito —le dijo, mientras le insertaba un plug anal grande antes de salir.
Alex palideció, su pene endureciéndose ante la idea.
—¿Qué? ¡No, María, por favor! La gente me verá... olerá...
Pero ella insistió. Empezó con cosas sutiles: pantalones más holgados para ocultar el bulto, pero que crujían al caminar, recordándole su estado. Le ponía plugs vibradores que activaba en momentos inoportunos, haciendo que eyaculara en el pañal en medio de conversaciones con amigos.
Un día, en la universidad, lo hizo sentarse adelante en su clase. Durante la explicación, lo miró fijamente mientras él sentía la presión en su vientre y vejiga.
No pudo aguantar. Se ensució allí mismo, la masa caliente y pegajosa llenando el pañal trasero, mientras el plug presionaba su próstata. El olor sutil escapó, y un compañero susurró: "¿Quién se tiró un pedo? Huele a mierda".
Alex quiso morir de vergüenza, lágrimas en ojos, pene erecto frotándose contra el pañal sucio.
María lo notó y sonrió, continuando la clase como si nada, pero enviándole un mensaje: "Buen chico. Eyacúlame en tu pañal cagado ahora".
El vibrador se activó, y Alex eyaculó discretamente, semen mezclándose con la suciedad, gimiendo bajito.
Después, en su oficina, lo cambió con la puerta entreabierta, arriesgando que alguien entrara. Limpió su ano sucio con lengua primero —humillación máxima—, luego insertó un plug más grande, follándolo con él mientras lo llamaba "mi cerdo sucio y cachondo".
El riesgo la excitaba tanto como a él. Ella se masturbaba viéndolo, squirteando sobre su pañal nuevo.
Finalmente, el clímax de humillación: una fiesta de facultad. María lo convenció de ir "disfrazado" sutilmente. Debajo de su ropa normal, un pañal grueso, visible si se miraba bien, con plug vibrador y un anillo cock-ring para mantenerlo erecto todo el tiempo.
Durante la fiesta, María lo trató con maternalismo exagerado: le limpiaba la boca, lo llamaba "mi chico" con doble sentido, y activaba el vibrador en momentos públicos.
Alex tuvo un accidente doble: mojado y sucio, el pañal hinchado, olor escapando. Su pene erecto presionaba visiblemente contra el frente, creando un bulto obvio.
Alguien lo notó, susurró: "Mira a Alex, parece que tiene una erección... y huele raro. ¿Se cagó o qué?"
Alex quiso morir de vergüenza, lágrimas rodando, pero María lo abrazó públicamente.
—Mira qué cute. Todos ven lo que eres: mío, dependiente, patético y siempre duro por mamá.
Esa noche, en casa, lo recompensó con sexo salvaje: lo folló con strap-on mientras lo obligaba a oler su pañal sucio, humillándolo verbalmente: "Eres un perdedor incontinente, eyaculando en mierda. Córrete para mí, putito".
Alex aceptó: quería ser su bebé humillado y sexualmente dominado para siempre.
Alex yacía en la cama de María, aún con la camisa de la universidad arrugada y los pantalones bajados hasta los tobillos. El pañal, ahora completamente usado, pesaba cálido y húmedo entre sus piernas, lleno de orina, heces y múltiples eyaculaciones. El olor inconfundible —una mezcla de suciedad y semen— flotaba en el aire del dormitorio. Intentó cubrirse con la sábana, pero María lo detuvo con una mano firme, pellizcando su pezón erecto.
—No, no, bebito. Nada de esconderse. Mamá quiere verte tal como estás: sucio, erecto y patético.
Ella se sentó al borde de la cama, con una sonrisa que mezclaba ternura genuina y un placer dominante sádico. Sacó su teléfono y, sin pedir permiso, tomó una foto rápida del pañal hinchado, su pene erecto visible a través del material empapado, y su ano dilatado por el plug.
—¡María, por favor, bórrala! Si alguien ve eso... —suplicó él, con la voz temblorosa, pene goteando más pre-semen.
Ella negó con la cabeza, divertida, y envió la foto a su propia galería privada.
—Ni lo sueñes. Esta es para mi colección. Para recordarte lo adorable que eres cuando te rindes... y para chantajearte si intentas dejarme. Imagina si tus amigos ven tu polla dura en un pañal cagado.
Alex sintió que las lágrimas asomaban. No era solo vergüenza; era una mezcla abrumadora de humillación, excitación y algo más profundo: alivio sexual. Por primera vez en su vida, no tenía que fingir ser fuerte; solo tenía que ser su juguete sexual humillado.
María dejó el teléfono a un lado y se inclinó para besarle la frente, luego lamió una lágrima de su mejilla.
—Tranquilo, mi amor. Sé que es intenso. Pero también sé que te gusta. Tu polla traidora no miente —dijo, pellizcando su glande a través del pañal.
Sus dedos rozaron el frente del pañal empapado, presionando ligeramente sobre su erección. Alex jadeó y se arqueó sin poder evitarlo. En cuestión de segundos, un segundo orgasmo lo sacudió, semen caliente disparándose en chorros dentro del pañal ya sucio, mezclándose con todo.
—Buen chico —susurró ella, orgullosa—. Tres veces en menos de media hora. Eso es lo que pasa cuando un bebito grande se deja cuidar como debe... y humillar como una puta.
María se levantó y fue al baño contiguo. Alex escuchó el agua correr, el sonido de frascos abriéndose. Regresó con una toalla grande, toallitas húmedas, crema, polvo de talco, lubricante y un pañal nuevo: uno aún más grueso, con estampados de ositos y conejitos, y un plug anal más grande y vibrador.
—Vamos a cambiarte, cielo. No quiero que mi bebito tenga irritación... pero sí quiero que tu culito esté listo para más.
Lo ayudó a quitarse los zapatos y los pantalones por completo. Luego, con movimientos expertos y maternales, desabrochó las cintas del pañal usado. Alex cerró los ojos con fuerza, incapaz de mirar su propia suciedad expuesta: pene semi-erecto cubierto de semen seco, ano sucio alrededor del plug.
—Ábrelos —ordenó ella suavemente—. Quiero que veas cómo mamá te limpia... y te excita.
No tuvo más remedio que obedecer. Ver sus propias heces, orina y semen expuestos, mientras María las limpiaba con calma y sin asomo de disgusto, fue una de las experiencias más humillantes de su vida… y también una de las más eróticas. Ella lamió su pene limpio primero, chupando los restos de semen, haciéndolo endurecer de nuevo.
—Qué sabor tan patético tienes —rio—. Mezcla de bebé y puta.
Ella tarareaba una canción de cuna mientras trabajaba: toallitas frías deslizándose por su pene y ano, crema aplicada con masajes circulares en su próstata expuesta, polvo espolvoreado generosamente. Cada paso era lento, deliberado, diseñado para alargar la sensación de vulnerabilidad sexual. Insertó el nuevo plug con lubricante, follándolo con él manualmente hasta que eyaculó otra vez.
—Qué piel tan suave tienes —comentó María—. Y qué bien hueles ahora… a bebito limpio y cachondo.
Cuando finalmente colocó el pañal nuevo y cerró las cintas, Alex sintió el grosor abultado entre sus piernas, presionando su erección constante. Ya no podría cerrarlas del todo. Caminar sería torpe, sentarse extraño. Todo lo recordaría constantemente de su nuevo lugar como objeto sexual humillado.
María lo abrazó fuerte, frotando su clítoris contra el pañal.
—Listo. Ahora eres perfecto otra vez... para que mamá te use.
Esa misma noche, mientras cenaban (Alex en una silla alta improvisada con cojines, tomando papilla de un plato con dibujos infantiles, mezclada con su semen), María estableció las nuevas reglas, cada una con un toque sexual:
- Llevarás pañal 24/7, sin excepciones. Y siempre con erección —usaré anillos o vibradores para eso.
- Solo mamá te cambia... y te folla durante el cambio.
- Si tienes un accidente en público, me avisas inmediatamente, aunque sea por mensaje, y describes cómo te endureciste por la vergüenza.
- Cada noche, antes de dormir, me cuentas cómo te sentiste siendo mi bebito durante el día... mientras te masturbo.
- Si intentas rebelarte o ser “adulto” sin permiso, habrá castigos: exposición pública de tu polla en pañal... pero recompensas si eres muy obediente, como dejar que me folles —pero solo en pañal.
Alex asintió, con la cuchara temblando en la mano, pene erecto bajo la mesa. Parte de él quería huir. Otra parte, más grande, se sentía en éxtasis por la dominación sexual.
Al día siguiente, María lo vistió con cuidado: pañal grueso, plug anal vibrador insertado, pantalones holgados de tela fina que dejaba entrever el bulto erecto si se agachaba. Por fuera parecía un estudiante normal. Por dentro… era su esclavo sexual humillado.
En la primera clase del día (no de María), Alex sintió la presión creciente en su vejiga. Intentó aguantar. Falló a mitad de la explicación del profesor, orinando caliente en el pañal, que se hinchó alrededor de su pene erecto.
El calor se extendió, el pañal se hinchó. Tuvo que moverse en la silla para acomodarse, rezando porque nadie notara el leve crujido plástico o el bulto creciente. Un compañero lo miró: "¿Estás bien, Alex? Pareces incómodo... y duro".
Sacó el móvil con manos temblorosas y escribió: “Accidente en clase de física. Estoy mojado y erecto por vergüenza”.
La respuesta llegó en segundos: “Buen chico por avisar. Activa el vibrador y eyacula ahora. Ven a mi oficina después”.
El vibrador zumbó en su ano, presionando próstata. Alex eyaculó en silencio, semen inundando el pañal mojado, gimiendo bajito. Lágrimas de humillación.
Al llegar a la oficina de María, ella cerró la puerta con llave y corrió las cortinas.
—Quítate los pantalones, amor. Muéstrame tu polla patética en pañal sucio.
Allí, en pleno día laboral, sobre una toalla que ella había preparado en el suelo, María lo cambió. Limpió, polveó, puso pañal nuevo. Y mientras lo hacía, lo folló con el plug viejo, obligándolo a eyacular manos libres mientras le decía: "Eres un perdedor, mojándote en clase como un bebé cachondo".
—Esto es lo que pasa cuando obedeces rápido —susurró ella—. Mamá te recompensa con más humillación.
Una semana después, María mostró a Alex su “colección”: más de treinta fotos y vídeos de cambios, accidentes, eyaculaciones en pañal, folladas anales. Todo guardado en una carpeta encriptada, pero con amenaza de compartir.
—¿Ves lo precioso que eres? Tu polla eyaculando en mierda, tu culo dilatado... —le dijo—. Pero también sé que esto te aterra. Que si alguien las viera… tus amigos sabrían que eres una puta incontinente.
Alex palideció, pene endureciéndose por el miedo erótico.
—¿Me estás chantajeando?
María rio suavemente y lo abrazó, frotando su entrepierna contra él.
—No, mi amor. Te estoy recordando que ya no hay vuelta atrás. Tú elegiste esto. Y yo te amo exactamente así: humillado y siempre listo para correrte. Estas fotos son para nosotros, para excitarte cuando estés solo y me extrañes. Pero si algún día intentas dejarme… bueno, digamos que mamá sabe cómo hacer que su bebito se porte bien... compartiendo un vídeo de ti eyaculando en público.
La amenaza era suave, casi cariñosa, pero real. Y extrañamente, en vez de asustarlo, lo excitó aún más. Eyaculó espontáneamente en su pañal, humillado por su propia reacción.
Para celebrar el primer mes, María organizó un fin de semana completo en casa sin salir, pero con humillación sexual extrema.
Alex no usó ropa adulta en ningún momento: solo pañales, bodies de bebé grandes, calcetines con ositos, chupete permanente que chupaba mientras ella lo follaba. Comía en trona, dormía en una cuna improvisada con barrotes altos que ella había comprado online. Vio dibujos animados, jugó con sonajeros, fue bañado en una bañera con patitos de goma, donde María lo masturbaba bajo el agua hasta eyacular.
Y cada vez que tenía un accidente (y los tuvo muchos, porque María le daba mucho líquido y laxantes a propósito), ella lo cambiaba con ceremonia, follándolo analmente durante el proceso, obligándolo a lamer su propio semen del pañal viejo.
El domingo por la noche, exhausto, sucio por enésima vez —pañal lleno de múltiples cargas—, Alex lloró de verdad en brazos de María, eyaculando una vez más por la humillación.
—No quiero volver a ser adulto nunca más —confesó entre sollozos, pene goteando.
María lo besó en la frente, limpiándole las lágrimas, y luego lo folló con strap-on.
—No tienes que serlo, mi cielo. No conmigo. Aquí siempre serás mi bebito para siempre... mi puta humillada y cachonda.
Alex no podía sacarse de la cabeza la escena del supermercado. Después de esa noche de regresión total, María le había dado una misión humillante: "Ve y compra tus propias pañales y plugs, bebito. Solo así entenderás lo que significa depender de ellos de verdad... y excitarte en público". Lo dijo con esa voz dulce pero implacable, mientras le insertaba un plug anal vibrador grande y le ponía un pañal ya semi-mojado bajo sus pantalones de chándal.
Alex protestó, pero el beso en la frente y la promesa de una "recompensa especial" —follar su boca mientras eyaculaba— lo convencieron.
Salió de casa con el corazón latiéndole a mil. El supermercado local estaba a solo dos cuadras, pero cada paso era una tortura sexual: el crujido suave del pañal contra sus muslos, el plug presionando su próstata, haciendo que su pene goteara pre-semen constante. Sudaba bajo la sudadera con capucha, nervioso por si alguien notaba el bulto erecto en su entrepierna o el leve olor a excitación.
"Solo pañales para adultos y plugs", se repetía. "Nadie pensará nada raro. Hay gente con incontinencia real... pero yo soy un pervertido humillado".
Entró al supermercado, el aire acondicionado fresco contrastando con su calor interno. Se dirigió directamente al pasillo de farmacia, evitando las miradas de las amas de casa y los estudiantes comprando snacks. Allí estaban: estanterías llenas de paquetes de Huggies, Pampers y marcas genéricas para adultos. Tamaños XL, con dibujos discretos pero inconfundibles: ositos, estrellas, conejitos. Precios absurdos: 45.000 COP por un paquete de 20. Alex sintió un nudo en el estómago. "¿Por qué estoy erecto con esto? Es humillante".
Extendió la mano hacia un paquete de Pampers XL, blancos y gruesos, con absorción máxima. El plástico crujió al tocarlo, igual que el suyo propio. Imaginó su pene eyaculando en él, María filmando. Su mente divagó: María cambiándolo en el aula, insertándole plugs más grandes, riendo mientras lo hacía gemir y eyacular incontrolablemente. El recuerdo lo endureció instantáneamente, el pañal hinchándose un poco más por el pre-semen... y entonces, un pequeño accidente: orinó un chorro por nervios, mojando el pañal en la tienda.
Una madre con carrito lo vio fijamente, arrugando la nariz por el olor sutil. "¿Necesitas ayuda, joven? Hueles... raro". Alex balbuceó: "N-no, gracias", rojo como tomate, pene palpitando.
Agarró tres paquetes —dos Pampers, uno Huggies— y un plug anal morado de la sección de "juguetes para adultos" cercana, sintiéndose como una puta expuesta. En la caja, la cajera escaneó todo, sonriendo: "Buena compra, cariño. ¿Problemas de control... o algo más divertido? Tu bulto dice que sí".
Alex pagó temblando, eyaculando ligeramente en su pañal por la humillación verbal. Salió huyendo, bolsas crujiendo, pañal ahora mojado y pegajoso.
De vuelta en casa, María lo esperaba en la puerta, riendo.
—Muéstrame, bebito. ¿Qué elegiste para tu culito y tu polla patética?
Alex dejó caer las bolsas, mortificado. Ella las abrió, inspeccionando cada pañal y el plug, probándolo en su ano inmediatamente.
—Perfecto. Huggies para el día, Pampers para la noche cuando te cagas. Y este plug... ideal para cuando te humillo en público.
Lo arrastró al dormitorio, lo desvistió y lo cambió allí mismo, sobre la cama. Mientras limpiaba su pañal semi-usado (mojado y con semen), María lamió los restos, luego insertó el nuevo plug con lubricante, follándolo con él hasta que eyaculó gritando.
—Ahora sal a caminar por el patio trasero. Con el plug dentro y pañal visible. Quiero una foto tuya posando con las bolsas vacías, mostrando tu erección.
El patio era privado, pero vecino a casas cercanas. Alex obedeció, el plug presionando su próstata a cada paso, el pañal crujiendo audiblemente. Un vecino miró por la ventana, riendo. Alex tomó la selfie: cara roja, ojos llorosos, pañal abultado con erección visible. La envió. María respondió con corazones y: "Tan lindo y patético. Ven, hora de follar tu boca como recompensa".
Al día siguiente, lunes, la universidad era un campo minado de humillación sexual pública. María lo vistió con esmero: pañal Huggies XL (el que él compró), plug insertado y fijo con cinta adhesiva, anillo cock-ring para erección permanente, pantalones holgados pero de tela fina que dejaba entrever el bulto erecto. "Regla nueva: no quites el plug en todo el día. Y si te mojas o ensucias, me mandas video de tu polla eyaculando por vergüenza".
La primera clase no era de ella, sino de química general. Alex se sentó al fondo, piernas abiertas por necesidad, sintiendo el plug contra la silla dura, pene erecto dolorosamente. Bebió dos botellas de agua a petición de María ("Para que fluyas más, bebito... y te corras más").
A los 20 minutos, la vejiga cedió. Orina caliente inundando el pañal, expandiéndose alrededor de su erección, el gel absorbiendo con chup-chup audible solo para él. Sudó, mordiéndose el labio. Un compañero susurró: "Alex, ¿qué huele? ¿Te mojaste o estás excitado?".
Miró su teléfono: mensaje de María: "Video ahora de tu eyaculación".
En el baño unisex, se bajó los pantalones. El pañal amarillo, hinchado, pene erecto goteando. El plug aún en su ano, visible. Filmó masturbándose hasta eyacular en el pañal, enviando el video humillante. Respuesta: "Buen chico. Aguanta hasta mi clase. No cambies, déjalo sucio".
La clase de María fue el infierno erótico máximo. Sentado en primera fila —ella lo ordenó—, con el pañal pesado y el plug vibrando intermitentemente (ella controlaba el remoto desde su bolsillo). Hablaba de reacciones químicas, pero sus ojos fijos en él decían: "Sé que estás mojado, sucio pronto... y duro como una puta".
Efectivamente, el estrés intestinal lo traicionó. Un pedo húmedo primero, luego la masa suave saliendo sin control, llenando el pañal trasero. Olor tenue escapando, pero el plug lo contenía todo. Alex se removió, lágrimas en ojos. Compañeros miraron raro, uno comentó: "Alex huele a mierda... y mira su bulto, está empalmado".
María sonrió desde el podio: "Alex, ¿todo bien? Pareces incómodo... y excitado".
"S-sí, profe", murmuró, voz quebrada. Ella rio bajito, activando vibrador alto. Alex eyaculó en silencio, semen mezclándose con suciedad.
Después de clase, oficina. Puerta cerrada, pero no con llave —riesgo calculado.
—Pantalones abajo, sobre el escritorio. Muéstrame tu pañal cagado y tu polla patética.
Alex obedeció, pañal sucio expuesto: frente amarillo con semen, trasero marrón pastoso, plug brillando con restos. María olió el aire, excitada, masturbándose frente a él.
—Mmm, mi bebito se ensució fuerte hoy. ¿Te dolió el culito con el plug? ¿O te excitó como a una puta?
Limpió todo con toallitas, sacó el plug con un pop húmedo —Alex gimió—, lo lavó en el lavabo y lo reinsertó tras untar más lube y crema, follándolo con él hasta otro orgasmo. Puso pañal nuevo: Pampers nocturno, aún más grueso, con doble capa.
Mientras lo masturbaba por encima del acolchado fresco, susurró:
—Mira qué erección tan rápida. Tu polla ama ser bebé humillado. Eyacula para mamá... otra vez.
Lo hizo, semen caliente filtrándose en el pañal limpio segundos después. Ella tomó selfies: beso en mejillas sonrojadas, su mano en el bulto sucio, Alex con ojos de cachorro sumiso.
—Estas van a mi galería. Quizás comparta una anon con mi grupo de 'mamás' online, para que vean qué puta eres.
Semanas después, la dinámica era adictiva y cada vez más humillante. Alex ya no compraba ropa interior normal; todo era pañales. María lo llevaba a clases con "outfits" progresivos: pantalones ajustados que marcaban el bulto erecto, camisetas cortas que subían al sentarse, revelando el borde del pañal. El plug era permanente, vibrador o estático según su humor, siempre causando eyaculaciones involuntarias.
Un día, fiesta de fin de semestre en el campus. María lo convenció: "Ven como mi 'hermano menor'. Pañal grueso, plug grande, anillo para erección eterna, y biberón con mi squirt escondido en mochila".
Llegaron juntos, ella en falda plisada sexy, él con sudadera. Alcohol fluyendo, música alta. Alex bebió jugo (con diurético y viagra sutil que María añadió). Bailaron; cada movimiento hacía crujir el pañal, presionar el plug, pene erecto visible. Compañeros bromearon: "Alex, ¿por qué caminas chueco? ¿Te lastimaste... o estás empalmado permanente? Y huele a sexo".
María rio: "Es mi hermanito torpe. Necesita cuidados especiales... y humillaciones".
En un rincón oscuro, accidente doble: mojado total, sucio parcial. Olor escapando. Un amigo, Javier, olió: "¿Qué mierda es eso, bro? Hueles a caca y semen. ¿Te corriste cagando?".
Alex quiso morir, lágrimas rodando, pero María intervino: "Uy, se le escapó. Vamos a cambiarlo". Lo arrastró al baño unisex público, puerta sin pestillo total. Compañeros afuera esperando, oyendo.
Dentro, lo cambió rápido pero ruidoso: cintas rasgándose, toallitas chasqueando, polvo puffeando. Sacó plug, lo folló con dedos, obligándolo a eyacular gritando: "¡Mamá, me corro!".
"¡Cállate, putito!", siseó ella, tapándole boca. Eyaculó manos libres, pañal nuevo manchado de semen.
Afuera, murmullos: "¿Qué carajos pasaba ahí? Sonaba a sexo humillante".
María salió radiante: "Mi hermanito tenía cólicos. Ya está mejor... y satisfecho".
Alex, pañal fresco pero visiblemente abultado con erección, soportó el resto de la noche con sonrojo eterno y comentarios: "Alex, pareces una puta en pañal". Javier le guiñó: "Sea lo que sea, cuídate, man... o disfrútalo".
María subió las selfies anónimas a un foro ABDL privado: "Mi uni-bebé en exhibición pública. ¿Qué opinan, mamás? Miren su polla eyaculando en pañal cagado". Likes y comentarios llovieron: "¡Qué sumiso adorable y patético!", "Ponle más plug, hazlo leakear semen en clase", "Humíllalo más, comparte vídeo de él lamiendo su mierda".
Alex las vio, horrorizado/excitado. "Bórralas", suplicó, eyaculando por el miedo.
Ella negó: "No. Esto te ata a mí. Y te encanta ser expuesto como puta".
Introdujo más: biberones en su oficina ("Chupa mi squirt mientras te cambio"), anal hooks en casa que lo mantenían erecto, pañales públicos con "leak guards" fallando a propósito para manchas de semen visibles en pantalones.
Un fin de semana, viaje a casa de sus padres (a 2 horas). Alex en auto, pañal Pampers, plug, chupete con sabor a semen. Paradas en gasolineras: cambio en baños sucios, riesgo de ser visto eyaculando mientras ella lo masturbaba.
Sus padres notaron: "Alex, ¿por qué no bebes alcohol? ¿Camina raro? Hueles a sexo". María cubrió: "Entrena para maratón, controla líquidos... y placeres".
Noche: accidente masivo en cama de invitados, semen y suciedad mezclados. Olor despertó a todos. María lo cambió en el baño familiar, follándolo silenciosamente con strap-on, riendo bajito mientras él gemía humillado.
El final llegó en la graduación simulada (examen final grupal). María organizó "revisión extra": Alex solo con ella en aula vacía post-clases.
—Quítate todo menos el pañal —ordenó—. Muéstrame tu polla erecta y culo dilatado.
Desnudo salvo Huggies usado (mojado de la mañana, con semen), plug grande insertado. Ella lo sentó en el escritorio central, piernas abiertas, falda subida mostrando su coño depilado.
—Ahora fóllame como bebé. Sin manos, solo frotando tu pañal sucio contra mí.
Alex, pene duro contra pañal, la penetró frotando el acolchado. Ella montó el bulto, masturbándose, riendo: "¡Mira qué patético! Tu pañal cagado me folla mejor que tu polla diminuta. Eyacúlame dentro, putito humillado".
Selfie final: ella besándolo, mano en su paquete sucio, pañal leakando semen/orina, plug visible, aula con pizarrón químico atrás. "FIN" escrito en corazón rosa, pero con nota: "Mi puta eterna".
Alex eyaculó gritando, pañal inundado. Ella orgasmeó squirteando sobre el acolchado, obligándolo a lamerlo.
—Eres mío para siempre, bebito. Pañales eternos, humillaciones eternas, eyaculaciones patéticas eternas.
Llorando de placer/humillación, Alex asintió: "Sí, mamá. Nunca más adulto... solo tu puta incontinente".
Meses después: Alex dejó la uni, vive con María full-time. Pañal 24/7, cuna real, trona, plug diario. Ella sube su progreso anon: "Mi display maternal perfecto: humillado, follado, eyaculando en vergüenza".
Trabaja remoto en pijama-pañal, accidentes celebrados con sexo público sutil. Felicidad en sumisión total, humillada y sexual.
A veces miro las fotos y lloro de vergüenza. Pero es llanto de éxtasis. María me compró, me humilló sexualmente, me regresó a bebé cachondo. En su pañal, soy libre: expuesto, follado, amado como puta. Para siempre.
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