La Mochila Azul



La Mochila Azul

Fabián ajustó las correas de su mochila de trekking azul noche. Era un regalo de su padre para aquel viaje, comprada en la Decathlon de Lisboa, y ya sentía que era una extensión de sí mismo —cómplice y carga al mismo tiempo. En el interior, en el compartimento secreto con cremallera oculta junto a la espalda, llevaba sus “materiales de gestión”: ocho pañales Etapa 10 Ultimate Protección, toallitas sin perfume, crema barrera y las inevitables bolsas negras con cierre hermético. El viaje de fin de curso de 9.º grado era lo máximo: doce horas desde Lisboa hasta el Parque Nacional de Peneda-Gerês, en el norte de Portugal, con toda su clase. Treinta chicos en un autobús, más el profesor Rojas. Una aventura, en teoría. Para él, una misión de infiltración de alto riesgo.

—¿Tienes todo, hijo? —preguntó el padre, en la puerta del apartamento del barrio de Alvalade. La ausencia de la madre, que los había dejado años atrás, hacía que esos momentos fueran más serios, más cargados.
—Todo controlado, papá —mintió Fabián, sintiendo el peso familiar del pañal bajo sus jeans largos de la marca portuguesa Mo. Nada de marcas llamativas. La discreción era la regla.

En el autobús, el ambiente era de pura adrenalina. Lucas, el más enérgico del grupo, ya gritaba desde el fondo:
—¡Eh, tío, este viaje va a ser épico! ¡Doce horas, no sé si aguanto!
Mientras tanto, el grupo de chicas, con Valeria al frente, intercambiaba snacks y comentarios.
—¿Puedes creer que Gonçalo trajo una tienda para una sola persona? ¡Qué cosa más rara!
El profesor Rojas, con camiseta deportiva, hacía el recuento:
—Treinta… ¿estamos todos? ¡Pues vámonos!

Fabián se sentó en un asiento individual a mitad del autobús, con la mochila azul en el portaequipajes superior, justo encima de él. La primera parte del viaje, por la autopista, fue tranquila. Pero, al cabo de dos horas, apareció la primera “fuga lenta”: esa humedad constante y caliente que el polímero de la Etapa 10 absorbía en silencio, haciendo que el material se hinchara ligeramente. Fabián entró en estado de alerta total. Bajo los jeans, el volumen era mínimo, pero él sentía cada gramo.

La primera parada fue en un área de servicio cerca de Coímbra. Todos bajaron para ir al baño y comprar zumos.
—Oye, Fabián, ¿llevas la casa a cuestas o qué? —bromeó Lucas al verlo bajar con la mochila.
—No, bro… me da pereza estar quitándola y poniéndola —improvisó Fabián, con una media sonrisa forzada.
—Eres rarísimo, tío —dijo Lucas, antes de correr a la tienda.

Fabián entró en los baños. Un cubículo normal. Colgó la mochila y respiró hondo. El peor momento: las cuatro cintas adhesivas. Con las manos sudadas, tiró de la primera.

CRRRRIC.

El sonido rasgó el aire del baño. Afuera oyó a Mateo:
—¿Qué fue eso? ¿Alguien abriendo un paquete de galletas con prisa?
—Jajaja, qué tontería —rió Diego.

Con el corazón a mil, Fabián arrancó las otras tres cintas lo más rápido posible, una sinfonía de despegues que, para él, sonaba como un megáfono anunciando su vergüenza. Se cambió en tiempo récord, metió el pañal usado en la bolsa negra y salió, lavándose las manos con agua fría para disimular el rubor del rostro. Crisis uno, superada.

La tensión aumentó en la segunda parada, en Viseu. El baño estaba lleno, con una fila de compañeros esperando. No podía arriesgar el ruido de las cintas con aquel público. Volvió al autobús sin cambiarse, sintiendo que el pañal se acercaba al límite. En su asiento, otra fuga, más intensa, humedeció la costura de la ropa interior. Mordió el labio, mirando el paisaje portugués pasar rápidamente. Aguanta, se dijo. Es solo un viaje.

La llegada al alojamiento, en Gerês, fue al anochecer. Habitaciones compartidas. Fabián quedó con Lucas, Mateo, Diego y Tomás. La mochila azul acabó bajo la litera de abajo, pegada a la pared. Esa noche, esperó hasta que los ronquidos rítmicos de Lucas llenaron la habitación. Luego, se deslizó de la cama, tomó la mochila y se encerró en el pequeño armario. En la oscuridad sofocante, hizo el cambio más tenso de su vida. Cada CRRRRIC parecía un trueno. Al salir, sudado y tembloroso, vio a Mateo moverse en la litera.
—¿Todo bien, Fabián? —preguntó, medio dormido.
—Sí… solo me desperté. Voy a buscar agua —susurró, escondiendo la bolsa negra.
—Ah, ok. Buenas noches.

Al día siguiente, durante la caminata por el valle del río Homem, ocurrió el momento crítico. Al saltar un arroyo, Fabián resbaló en una piedra y cayó de lado. El impacto fue leve, pero el golpe en el pañal, ya muy cargado, fue desastroso. Una mancha oscura y evidente apareció en la pernera de los pantalones caqui.
—¡Eh, Fabián, te caíste! —gritó Valeria.
—¡Te mojaste todo! —señaló Diego.

El silencio fue peor que una carcajada. Fabián se levantó rápido, intentando darse la vuelta, sintiendo la vergüenza quemarle la piel. En ese instante, el profesor Rojas reaccionó de inmediato.
—Accidente con el agua del río, perfectamente normal —dijo con tono firme—. Fabián, tengo pantalones de repuesto en mi mochila. Lucas, ayúdame a llevarla a aquel refugio. El resto siga con el guía.

La orden funcionó. En el refugio, el profesor le entregó unos pantalones.
—Tómate tu tiempo —dijo, con una mirada seria y comprensiva—. Esto queda entre nosotros.
—Sí, tío… no te rayes —añadió Lucas, más contenido—. A todo el mundo le ha pasado algo vergonzoso.

El viaje de regreso a Lisboa, dos días después, fue diferente. Fabián seguía con su mochila azul y con sus paradas técnicas, pero algo había cambiado. En una de ellas, Lucas se le acercó.
—Oye… el profe tenía razón. Fui un idiota. ¿Vamos a comer un pastel de nata? Yo invito.
—Eso está muy bien, bro —respondió Fabián, sonriendo casi de forma natural.

Nadie volvió a hablar del incidente. El profesor Rojas incluso le envió un mensaje discreto: “Si necesitas más tiempo en las paradas, di que me ayudas con el mapa. Yo te cubro”.

El autobús entró en Lisboa al atardecer, el Tajo brillando a lo lejos. Su padre lo esperaba en la acera.
—Entonces, ¿qué tal fue, hijo?
Fabián miró hacia atrás, vio a sus compañeros, al profesor, y sintió algo distinto.
—Fue… fue brutal, papá —dijo, y esta vez era verdad.

Hoy entiendo que la mochila azul nunca fue solo un peso que esconder, sino la prueba de que logré atravesar el miedo sin romperme, descubrir apoyo donde menos lo esperaba y aprender que la vergüenza se hace más pequeña cuando alguien decide quedarse de tu lado.



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